Una observación frecuente de los padres que traen a mi consultorio niños que tienen dificultades para aprender es que no se explican por qué pueden pasarse horas jugando un juego de video que implica asimilar y poner en práctica complicadas estrategias para lograr ganar y no tienen éxito académico.

¿Acaso no son las mismas estructuras neurológicas las que utiliza cuando analiza la mejor forma de matar al monstruo que cuando necesita analizar el problema planteado en clase para llegar a una respuesta correcta?

Desde los tiempos de Piaget, Luria y Vigotski, sabemos que el aprendizaje se da exponiendo a un organismo al ambiente. Por medio de los órganos de los sentidos, los estímulos son percibidos, mediante una serie de funciones de entrada de datos en un intrincado funcionamiento de la memoria de trabajo, que filtra los estímulos discriminándolos, comparándolos con estímulos anteriores guardados en la memoria a largo plazo, clasificándolos y organizándolos para darles un sentido. De esta forma aquel estímulo ambiental pasa al mundo virtual, preparado para una segunda fase en que la memoria de trabajo coordina una serie de procesos de raciocinio que pueden incluir transformaciones creativas y divergentes o bien procesos encaminados por la vía de lo analítico, deductivo, inferencial, y procesos superiores de pensamiento como el transitivo, silogístico y el lógico formal, entre otros… Y solo después esta herramienta de trabajo neurológico está lista para evaluar las formas adecuadas de responder al ambiente que generó el estímulo. Luego este estímulo convertido ahora en nuevo aprendizaje es almacenado a largo plazo, como una experiencia que estará disponible a modo de un constructo para procesos futuros de aprendizaje.

¿Pero cómo se explica entonces la facilidad con que aquel niño aprende la estrategia para ganar aquel famoso videojuego y que le cueste tanto aprender a solucionar aquel problema escolar que le va a hacer ganar la clase?

La respuesta está en el filtro que el sistema neurológico utiliza para seleccionar a los estímulos que merecen pasar a la sala de la memoria de trabajo y aquellos que no. Todos los estímulos antes de ser integrados al aprendizaje pasan por el sistema límbico, encargado de dimensionar e impregnar de emoción a los estímulos. El sistema límbico decide con base en apreciaciones muy subjetivas, que involucran irracionalmente experiencias previas de gratificación y frustración, y su decisión será tajante e inconsciente.

Solo aquellos estímulos que sean investidos con la suficiente carga emocional en esta antecámara del aprendizaje, para evitar la frustración o generar gratificación, y, o, que sean considerados como de importancia para la supervivencia, serán calificados por el organismo como dignos de ser aprendidos.

Por tanto, la gran clave del aprendizaje es la emoción y la gratificación. Un estímulo que el organismo considere altamente emocionante, gratificante o que garantice la supervivencia será aprendido.

No pretendo con esto reducir los problemas de aprendizaje a una situación emocional. Cada caso en el que un niño no aprende con normalidad es único y muy probablemente habrá necesidad de trabajar aspectos de su equilibrio, su orientación espacial, su capacidad de comparación, su atención, discriminación sensorial, su organización y la coordinación de diversos factores perceptivos y motores, entre muchos aspectos que intervienen en el proceso de aprender. Sin embargo, la experiencia me dice que cuando el niño “se las cree” y siente la motivación interna para lograr sus metas el camino de normalización para sus dificultades de aprendizaje está ya trazado.

Lic. Luis Francisco Sandoval Cortés
Psicólogo especializado en Neurodesarrollo
Director de Apoyos Educativos.